SOBRE PROVO. El humor como revolución y el impresor como intelectual


Siempre hemos tenido debilidad por los colectivos, lo reconocemos; sobre todo por estos de corte insurrecto, difíciles de definir, estos que se sitúan en ese espacio intermedio entre el movimiento artístico y la agrupación política. Decir que la Internacional Situacionista es imprescindible para entender el pensamiento crítico a través del activismo poético es una obviedad. Son muchos los que se han dedicado a estudiar con rigor y lucidez las relaciones de todos estos movimientos que aparecieron en el contexto de postguerra, en el que el auge de la sociedad del bienestar, del consumo y del espectáculo empezó a levantar sospechas en grupos de jóvenes con ganas de cambiar el mundo y proclamar la inexistencia del futuro. Nuestras referencias favoritas sobre el tema siguen siendo el propio Guy Debord (hace poco descubrimos un texto suyo maravilloso que no conocíamos sobre las revueltas del barrio angelino de Watts en 1965), el imprescindible Greil Marcus y su tan citado Rastros de carmín y, últimamente, Servando Rocha, que ha analizado estos movimientos bajo el acertado término de vandalismo ilustrado. Todos ellos hablan de estos fenómenos de disidencia de finales de los años 60, herederos del espíritu del Marqués de Sade y de Dadá y de las ideas de Herbert Marcuse. Los Situacionistas, los Black Panther Party, los Motherfuckers, los Weather Underground, los Diggers, los Yippies, los Red Army Faction, los estudiantes de mayo del 68… todos estos movimientos se posicionaron en contra del capitalismo. Muchos de ellos lo hicieron también entendiendo la fusión del arte y la vida cotidiana como una forma de revolución. Y unos cuantos con un espíritu de no violencia y con un inteligente uso del sentido del humor como herramienta transformadora. Ahí es donde se sitúa Provo, colectivo capaz de denunciar problemas sociales complejos y de proponer modos de vida alternativos haciendo gala de un maravilloso sentido del humor, por momentos absurdo, pero siempre agudo, lúcido y desvelador.

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Provo nació en Ámsterdam en 1965. Sus fundadores fueron un performer, Jasper Grootveld, un estudiante de filosofía, Roel van Duyn, y un anarquista, Rob Stolk. Junto a otro buen grupo de jóvenes, algunos de ellos estudiantes y, la mayoría pertenecientes a la clase obrera, formaron este colectivo, con una fascinante capacidad para combinar un potente contenido teórico con acciones lúdicas en el espacio urbano. Esta orgánica mezcla de estudiantes, intelectuales, filósofos, artistas de happening, beatniks y mods, y su utópica revolución total de una sociedad sin clases, tuvo una breve pero intensa existencia. En 1967 el movimiento decidió autoaniquilarse, cuando su popularidad empezó a ser excesiva y a tener tufillo institucional. Como colectivo tuvo una corta vida, pero el impacto que este movimiento tuvo en la cultura holandesa en general, y en la ciudad de Ámsterdam en particular, es innegable.

Durante sus dos años de vida el colectivo se centró en comunicar ideas en el entorno urbano a través de la distribución de material impreso, de happenings y de acciones. En todo su trabajo está presente la actitud lúdica como forma de resistencia, el absurdo y la sátira; demostrando un dominio del uso del arte y del humor como armas políticas, enarbolando la bandera de la revolución divertida del proletariado.

El espacio público fue su ámbito de actuación y sus acciones callejeras una crítica a la alienación. A través de happenings y de acciones utilizaron la calle como entorno colectivo de expresión, reivindicando también el uso popular de espacios privados. Su primera acción conocida fue en el centro de Ámsterdam, en una plaza que alberga una escultura que representa a un chico. La escultura fue tomada como símbolo de la actitud traviesa pero con buenas intenciones que caracterizó al movimiento. La plaza se convirtió en símbolo y en punto de encuentro para miembros y seguidores. Allí cada sábado noche se celebraban happenings. Es también allí donde se originaron diversos episodios violentos con la policía, tal y como las fotografías de la época documentan. Pero su ámbito de acción se extendía por diferentes espacios de la ciudad, cada uno de ellos con valor simbólico, manifestando abiertamente su oposición al poder y al imperialismo dominante: la residencia del alcalde de la ciudad, la embajada estadounidense, la oficina de American Express, el palacio real o las oficinas de De Telegraaf.

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Sus acciones se organizaban a través de lo que denominaron los “planes blancos”, un sistema de propuestas políticas especulativas. Uno de sus planes más potentes, fue el llamado “plan blanco de la bicicleta”, en el que a través de diferentes manifestaciones periódicas en el espacio público promovieron el uso de la bicicleta como medio de transporte. También cabe mencionar las campañas que realizaron en torno al cannabis, con las que perseguían evidenciar la ignorancia de la policía sobre el tema y demandar un conocimiento más profundo de la droga por parte de las autoridades que regulaban (y prohibían) su uso. En una ocasión, ellos mismos, avisaron a la policía de que había un grupo de jóvenes consumiendo marihuana. Cuando los policías llegaron se dedicaron a registrar y detener a un puñado de muchachos que tan sólo fumaba té y otras hierbas inocuas. Un juego de despiste y provocación que imaginamos irritaba sobremanera a los policías.

Ecologistas  y con conciencia social, llevaron a cabo acciones sobre las chimeneas más contaminantes de la ciudad, que pintaron de blanco; potenciaron la asesoría sobre el uso de anticonceptivos para mujeres, promovieron la ocupación de viviendas, reclamaron el fin de la especulación inmobiliaria, fomentaron modelos alternativos de familia y extendieron rumores que produjeron el caos y pusieron de manifiesto las incapacidades de los detentores del poder. El cuestionamiento de la monarquía fue también uno de sus principales objetivos, con acciones como la que llevaron a cabo durante el enlace matrimonial de la princesa Beatrix con Claus von Amsberg, cuyo pasado nazi señalaron públicamente los activistas. También participaron en protestas contra la Guerra de Vietnam y se manifestaron en favor de los derechos de los trabajadores. En sus numerosas confrontaciones con la policía, utilizaron la provocación para desatar y desvelar la brutalidad policial partiendo de acciones de carácter lúdico y no violento.

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Pero su medio de acción no se limitó al teatro callejero y a las protestas, sino que todo su trabajo estuvo acompañado del desarrollo y difusión de su ideario a través de publicaciones. Revistas, posters, panfletos y otros papelitos inundaron la ciudad de Ámsterdam de ideas revolucionarias. En 1965 aparece en circulación el primer número de la revista Provo. Este número contenía instrucciones para la fabricación casera de dinamita y otros artefactos explosivos, extraídas de documentos anarquistas del siglo XIX. Unos 400 ejemplares de la revista fueron confiscados por la policía, al ser considerados apología del terrorismo. A raíz de este incidente las imprentas de la ciudad se negaron a trabajar con los Provo, por lo que se vieron obligados a gestionar sus propios sistemas de impresión. Lo que podría haber sido una traba al desarrollo del movimiento, se convirtió en un sello de identidad. Rob Stolk, uno de los fundadores del grupo (y, mira tú por dónde, progenitor de uno de los miembros del excelso trío de diseñadores Experimental Jet Set), se convirtió en el impresor. Se publicaron quince números de la revista. Los seis primeros se imprimieron con mimeografía. El resto con offset. Todos ellos componen una de las revistas más valoradas del patrimonio cultural de la segunda mitad del siglo XX, que está presente en algunas de las colecciones más importantes del mundo (en las que paradójicamente son consultadas con guantes o expuestas en severas vitrinas).

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En el año 2011 tuvo lugar en W139 la exposición Two or Three Things I Know About Provo, una revisión subjetiva del movimiento, comisariada por Experimental Jet Set. La muestra, que ponía de relieve el papel del material impreso en la difusión de las ideas del grupo, se basaba en el concepto de Régis Debry del impresor como el trabajador intelectual por excelencia (lo que él denomina “el proletario consciente”). El análisis de Debry versa sobre el peso que tienen en la transmisión de la conciencia colectiva la palabra impresa y los agentes que la hacen posible; especialmente en el período que va desde que Gutenberg lo petó con la imprenta hasta que la tele llegó para cambiarlo todo. Interesante reconocimiento de la importancia de la autogestión para la difusión de ideas revolucionarias y de la impresión como activismo.

Tras dos años de actividad, las complejidades del colectivo salieron a flote. Tal y como sucedió con otros grupos de la época, la dificultad de combinar la abolición de las jerarquías con el inevitable protagonismo de alguno de los miembros hizo mella. Al mismo tiempo que el grupo se popularizaba y vivía sus propias batallas internas, sus dos archienemigos, el jefe de policía y el alcalde, cayeron por destitución y renuncia respectivamente. Fue entonces cuando ellos mismos decidieron acabar con la vida del colectivo. Es sorprendente lo poco que se ha reconocido la influencia que este grupo de estudiantes y performers de clase obrera tuvo sobre el panorama político y social holandés. Y, sobre todo, es maravilloso que algunas de sus propuestas utópicas y disparatadas se hayan convertido en elementos definitorios de la particular idiosincrasia de la ciudad de Ámsterdam.

En el Archivo del MACBA se conserva la colección completa de la revista, los quince números y el boletín extra publicados. Aunque uno no sea capaz de entender neerlandés puede deleitarse consu formato, diseño, con los papeles, con la composición gráfica, con las huellas de los sistemas de impresión y hasta con el olor avainillado de la lignina. Las portadas están colmadas de ladrillos, en alusión directa a la calle como espacio de expresión y acción, y salpicadas por alguna línea de papel plateado brillante.

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Es en el Institute of Social History de Ámsterdam, donde se  conserva el archivo de Provo. Activo desde 1935 es uno de los más reputados institutos de investigación sobre movimientos sociales, con un más de un millón de libros y un número semejante de material audiovisual, incluidos posters, y más de 4000 archivos en su acervo.

Provo es para nosotras un referente de Vandalismo Ilustrado, un punto de inicio de una línea de investigación que sitúa la reflexión sobre conceptos como insurrección o violencia en el centro.

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